El día que descubrí mi poder.

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Yo había aceptado hacerlo por ganar algo de dinero. ¿Por qué no?, pensé. No puede ser tan difícil. Ni siquiera hablamos de consentimiento, ni de gustos, ni de palabras límite. Era la hora acordada y ahí estabas tú, llamando a mi Skype, puntual.Te ordené varias tareas random, a veces dubitativa, hasta de mi propia entonación. Te negué el orgasmo y te avisé de que ya era hora de terminar.

Fue entonces cuando, de rodillas, suplicaste que no me fuera. Que te diera un poco más de mi atención.Y ver esa devoción, sentirte tan entregado a mí, hizo que hasta mi zona más íntima se estremeciera.En ese momento tú eras el sumiso, pero era yo quien estaba atrapada en aquella sensación de poder y satisfacción. Y no podía, ni quería, escapar de ella.

Después de aquel día entendí que ser Ama ya no era solo una forma de ganar dinero. Había descubierto algo que me provocaba una satisfacción que no esperaba y que me hacía querer más.Ya no se trataba de hacerlo por dinero. Se había convertido en una forma de sentir, de vivir y de disfrutar. Y cuanto más descubría ese mundo, más claro tenía que aquello no era algo que quisiera hacer de vez en cuando.

Había descubierto cuánto me gustaba tener ese poder entre mis manos. Y ya no quería renunciar a él.

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