Aquel día le propuse un reto que sabía que le pondría nervioso: ir a una tienda y comprar un tanga para después enseñármelo en casa. Habíamos hablado de nuestros límites y aceptó hacerlo como parte de nuestro juego.
La vergüenza empezó en el mostrador. Mientras pagaba, notó que el dependiente lo miraba con curiosidad y volvió a casa repasando cada segundo de la escena. Pero, bajo los nervios, también llevaba una sonrisa: la experiencia le había resultado mucho más excitante de lo que esperaba.
Al llegar, se cambió deprisa y vino a buscarme. Sacó sus mejores poses de putita, orgulloso de mostrarme lo que había comprado para su Ama. Se le notaba la emoción en cada gesto,en la forma de mirarme, esperando mi aprobación e incluso debajo del tanguita.
Le dije que había hecho un buen trabajo. Como premio por su obediencia le permití disfrutar de su tan ansiado final feliz.

