Tiene una obsesión con el ballbusting que me deja hipnotizada. Cada vez me pide que le ordene un número más alto, como si quisiera ver hasta dónde aguanta. Y yo no puedo apartar la mirada: hay algo en su empeño, en cómo se concentra y vuelve a pedirme más, que me engancha por completo.
Él quiere llegar a su límite. Y, mientras lo veo, yo noto cómo también me lleva al mío. Con cada ronda, la piel se le va poniendo más roja y esa señal me atrapa la mirada. Me quedo pendiente de cada gesto, de esa mezcla de nervios y ganas, y de cómo insiste en subir la apuesta una vez más.
Es una escena que se me queda grabada: él, cada vez más metido en lo suyo, y yo sin poder dejar de mirar.

