Cuando le llega un regalo mío, se vuelve loco. Esta vez es un tanga usado por su Ama y, en cuanto lo tiene entre las manos, se queda embobado. Lo acerca, reconoce mi olor y ya no hay quien le quite esa cara de felicidad.
A partir de ahí se pone todavía más sumiso. Me mira con una devoción tremenda, como si yo fuera una Diosa y ese tanga, un tesoro. Le basta saber que lo he llevado yo para sentirse más entregado y con más ganas de obedecerme.
Me hace gracia verlo así: completamente pillado por un detalle mío, pendiente de cada palabra y tratando el regalo como si fuera algo sagrado. Para él no es solo un tanga: es un pedacito de su Ama que puede tener cerca.

